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Haciendo un Camino

Agosto 30, 2016 -- Stephen Kusmer

Es difícil creer que un año ya ha pasado desde que abrimos la Casa Isaías a tiempo completo en agosto del 2015. De hecho, ha sido un año marcado por altibajos, victorias y luchas, alegrías y lágrimas, la esperanza y la tragedia. Y sin embargo, en medio de muchas situaciones difíciles, Dios ha sido fiel a lo largo de este viaje. 

Es increíble mirar hacia atrás a lo largo de este último año y ver cómo vive como las vidas - las cuales la sociedad habían considerado más allá de toda esperanza de rescate - han sido impactadas y transformadas para la gloria de Dios...

Nunca olvidaré a uno de los jóvenes que inicialmente inspiró la idea de la Casa Isaías... Edgar fue uno de los primeros jóvenes de la calle que conocí cuando vine a Honduras para trabajar con el Proyecto Miqueas hace casi cinco años.  Por qué Dios especialmente gravó su nombre en mi corazón en medio de tantos niños de la calle y la juventud que llegué a amar, nunca lo sabré. Recuerdo infinidad de veces cuando me encontré con Edgar en el centro de la ciudad, en las esquinas, callejones del mercado y en varios edificios abandonados de la ciudad — invariablemente inhalando un bote de pegamento amarillo para zapatos, la droga que usualmente usan la comunidad de los niños de la calle. Fue en esos espacios oscuros y sin esperanzas, en la que Edgar me compartió la historia de vida, el dolor y la tristeza que llevaba en su corazón, y su esperanza de algún día poder salir de las calles y comenzar una nueva vida.

Y sin embargo, había un factor impidiéndole a Edgar salir de las calles – su edad.

 

Aquí en Tegucigalpa no hay prácticamente opciones para adolescentes de la calle mayores ni para jóvenes adultos que quieren dejar las calles y hacer un cambio en sus vidas. De esa manera, la sociedad  se ha dado por vencida y dejándoles  en el olvido y sin esperanza alguna.  Mientras llegue a conocer a Edgar cada vez más; comencé a ver su deseo genuino de dejar las calles, me puse muy frustrado por el hecho que se consideraba de mucha edad para entrar en la Casa Miqueas o posiblemente cualquier otro programa similar aquí en la ciudad.

Edgar, como muchos de los otros jóvenes de la calle que he llegado a amar y cuidar, no era simplemente un niño de la calle.  Él no era sólo un número o una estadística.  Él era un hermano para mí. Y yo no podía soportar verlo y a mis otros hermanos atrapados en las calles, sin ninguna opción y sin esperanza. Yo no podía soportar el ofrecerles sólo esperanza teórica y no una esperanza tangible. No podía soportar ver a estos hombres jóvenes destinados a morir en las calles simplemente debido a su edad.

Una y otra vez, esta pregunta resonaba en mi mente: "Si Dios no ha renunciado a estos jóvenes, entonces ¿cómo podríamos nosotros?"

Fue en medio de este deseo de ofrecer una opción tangible para jóvenes mayores de la calle a través del proyecto Miqueas que nació la visión de la Casa Isaías – la idea de un hogar grupal separado del Proyecto Miqueas para esta población de jóvenes mayores de la calle, con un programa acelerado en rehabilitación, discipulado y formación profesional.

El nombre de la Casa Isaías fue inspirado por el verso lema que Dios puso en mi corazón hace más de dos años, Isaías 43:19:

“He aquí que yo voy a hacer una cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no se dan cuenta? Abriré un camino en el desierto, y ríos en la soledad..."

Y es a esa promesa a la que me he aferrado y continuaré aferrándome a lo largo de este viaje. Mientras que la sociedad aquí cree que estos jóvenes mayores de la calle están sin esperanza de dejar las calles y las drogas, Dios nos ha mostrado lo contrario.

Él nos ha mostrado que, en SU poder y por SU gracia, no es demasiado tarde para cambiar. De hecho, Dios está creando ríos de agua vida y esperanza en medio del desierto de la adicción a las drogas y la desesperanza; Él está creando un camino donde a muy a menudo ha parecido humanamente imposible.

Lamentablemente, Edgar ya no está alrededor para formar parte de la Casa Isaías. El año pasado fue apuñalado varias veces en las calles por una pandilla de Tegucigalpa y terminó en el hospital en estado crítico durante casi dos semanas antes de finalmente morir. Durante esos días agónicos, sin embargo, pude visitarlo en el hospital y ver a Dios trabajar en su corazón. Nunca olvidaré cuando me pidió que orase por él para dar su vida a Cristo, expresando en los días que siguieron que él perdonaba a quienes le habían hecho daño y estaba deseando dejar las calles para bien y entrar en la Casa Isaías.  Mientras que Edgar no pudo realizar su sueño de entrar en la Casa Isaías, hizo de si, un mejor Hogar – el eterno abrazo sanador de su Padre Celestial. 

Una vida indescriptible marcada por el abandono y el sufrimiento, la historia de Edgar es una de esas que siempre llevaré en mi corazón. Y es una historia que siempre se me inspirará a seguir luchando por los Edgars de Tegucigalpa. Si Dios no ha renunciado a ellos, tampoco yo lo haré . 

Mientras me levanto hoy y veo hacia atrás sobre todo lo que ha pasado en la Casa Isaías este año que pasó, estoy simplemente abrumado por la fidelidad de Dios. Parece que fue tan solo ayer que inauguramos la Casa Isaías, dándoles la bienvenida a Selvin y Daniel (los dos primeros residentes de Casa Isaías) a su nuevo hogar. Nunca olvidaré la mirada en la cara de Selvin mientras entraba en su nuevo dormitorio por primera vez, lágrimas de gratitud cayendo de su rostro mientras se daba cuenta que vivir y sufrir en las calles era ahora un capítulo pasado en su vida.

Por supuesto, ha habido muchas batallas cuesta arriba y desánimos en el camino. No todos los jóvenes que han entrado a la Casa Isaías están todavía con nosotros hoy; para algunos, el llamado de las calles y las últimas formas de vida fueron demasiadas fuertes para resistir. Otros, sin embargo, han luchado contra la corriente y, por la gracia de Dios, han permanecido en Isaías, dando testimonio de lo que Dios ha hecho en sus vidas.

Para mí, la Casa Isaías es un lugar sagrado.

Es el hogar y la familia que estos jóvenes han anhelado. Es el lugar seguro donde pueden dormir por las noches sin preocuparse de que alguien va lastimarles en las calles. Es un campo de batalla donde se  liberan batallas a diario junto a los jóvenes que viven aquí, quienes toman las decisiones a diario para decir no a las calles y a su pasado, y sí al propósito de Dios para sus vidas. Es el lugar donde hemos visto a Dios traer esperanza a los desamparados y sanidad para los heridos. Es donde las adicciones han sido quebrantadas y las vidas han llegado a Cristo. Y es un faro de esperanza para los muchos adolescentes y jóvenes mayores viviendo y sufriendo en las duras calles de Tegucigalpa quienes han llegado a creer que sus vidas eran inútiles y que era demasiado tarde para ellos...

De hecho, Dios está creando hermosura desde las cenizas una vez más, restaurando a nuevas vidas las cuales el mundo había considerado sin esperanza.

Stephen Kusmer

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